Contando historias
Tener un blog es como poseer una pequeña ventanita en la cabeza que de vez en cuando se abre y permite que quien tenga interés eche un vistazo al interior. No lo voy a negar, esa ventanita tiene parte de escenario y parte de telón de fondo; es en esta parte por donde realmente discurre la procesión. Y, como el blog es algo público, siempre hago un proceso de filtrado acerca de lo que pongo y cómo lo pongo. Por ejemplo, esta entrada ha comenzado siendo una pequeña frase acerca del miedo que tenemos algunas personas a no tener opinión formada con respecto a un tema. No es que no me sedujera hablar de ello; a lo mejor lo hago en algún momento. Pero en algún lugar alrededor de la novena palabra, mi telón de fondo ha cambiado y con ello toda la función.
Así que hoy voy a hablar de las historias, de aquellos que las cuentan, y de aquellos que las cuentan bien. Y también de los que no las cuentan tan bien.
Si tuviera un momento poético diría que una historia es un trocito condensado de eso que llamamos "vida". Pero hoy estoy más prosaico (sólo un poco) y me conformaré con decir que una historia es simplemente algo que merece la pena contar y transmitir. Hay historias manidas, divertidas, aburridas, contadas una y mil veces, resucitadas, lavadas, recauchutadas, y un sinfín mas de "adjetivadas". Cada una tiene su propio argumento y su propio desarrollo. Puede ser tan corta (y mala) como el chiste del monstruo "trihuévido" o tan larga que suceda que sobreviva a su autor y sean otros quienes tomen el relevo y la amplien. De éste última no voy a poner ejemplos pues los hay numerosos, pero invito a mirar el título de este blog.
Pero todas y cada una de las historias tienen un punto en común: el contador, la persona que, ya sea habiéndola creado o bien que la haya escuchado o leido y la repite, lanza ese ente al universo esperando que éste (sea un grupo de amigos de cervezas o un audiotorio lleno de gente) la encuentre de su agrado.
Y bueno... de todos es sabido: hay contadores mejores y peores. Hay personas que son capaces de contarte cómo ayer se bajaron a tomar un café, se encontraron con un vecino por la escalera, y el extracto del programa que vieron en el bar, como si fuera la aventura más divertida jamás contada. Y también las hay que son capaces de arruinar una buena historia.
Es una pena, porque no creo que haya nada más reconfortante que descubrir que lo que acabas de contar les ha gustado a tus oyentes, que lo que tenías que transmitir les ha parecido interesante o divertido. Pero por alguna razón no se suele tener paciencia con aquellas personas que tienen menos capacidad para contar lo que quieren, aquellos que se traban, aquellos que no se sienten seguros y lo dejan traslucir. Socialmente se acepta mucho mejor, en cambio, al interlocutor agresivo, a la persona que interrumpe a otra o que alza el volumen de la voz más allá de lo que es cortés y deseable para un intercambio de ideas.
Esto es algo que siempre me ha crispado. De hecho es bastante probable que escuche con muchísima más atención a alguien que quiere contarme algo, aunque a veces le gane la torpeza, que a alguien que esté adornado con estos defectos dialécticos. Sí. Son defectos. Porque si crees que lo que tienes que decir es más importante que lo que estoy diciendo yo u otro contertulio, ya verás qué deprisa comienzo a quitarle importancia tanto a tu discurso como a tí. Pero me desvío.
De la misma manera que no hay nada más reconfortante que ser testigo del éxito de una historia, no hay nada más triste que ver como otra naufraga y se hunde.
Por eso me gustaría proponer a todo el mundo que escuche y que dé un poco de chance a esas personas que tienen menos facilidades para compartirse (porque en el fondo contar cualquier historia o anécdota no es más que eso) para que tengan más espacio y seguridad. Es algo de una sencillez ridícula y que no requiere más que un poco de paciencia y comprensión. No es complicado. A lo mejor hasta aprendes algo y te sorprendes, o te sorprendes y aprendes algo.
Porque alguien que cuenta una historia y se encuentra un auditorio receptivo y dispuesto a la crítica constructiva sabrá en qué ha fallado y mejorará; y tendrá la oportunidad de convertirse en un mejor contador de historias.
Y necesitamos buenos contadores. Necesitamos contar y escuchar historias.
Oh cielos, cómo lo necesitamos...